Dr. Marcos A.Peñaloza-Murillo.ULA
La idea de que el presunto recalentamiento global atmosférico y el cambio climático son fenómenos totalmente nuevos, producto del desarrollo y progreso de la humanidad, es una idea errada. Lo que sí es nuevo es la aparición en la atmósfera del CO 2 de origen artificial, que se ha introducido en ella desde el inicio de la revolución industrial en el siglo 19, y que frente a fuentes naturales de ese gas “invernadero”, solo representa apenas una bajísima fracción (menos del 1%) del que sale hacia al aire desde el manto terrestre y por vía de otros procesos biosféricos.
No hace mucho, en la Sección “Lectores” de El Nacional de Caracas aparecieron opiniones radicalmente opuestas o antagónicas sobre el problema del CO 2 y el calentamiento global. En uno, del 9 de junio de 2008, se planteaba eliminar el CO 2 del ambiente para suprimir dicho recalentamiento; y en el otro, del 18 del mismo mes y año, se planteaba, como respuesta, lo contrario: que “el CO 2 no causa el calentamiento global” (cf El Gran Fraude del Calentamiento Global, disponible en YouTube). A otro nivel, esta misma diatriba se ha presentado entre Al Gore, con su alarmante película y libro La Verdad Incómoda (por eso, Premio Nóbel de la Paz) y Bjorn Lomborg, autor de El Ecologista Escéptico.
Esta visión dialéctica del problema, en el que la tesis y la antítesis se contrastan, nos deben llevar a la verdad. Y, ¿cuál es? La respuesta es interpretar el asunto en un contexto científico mas amplio para entender por qué el CO 2 artificial no sería el causante principal de los grandes cambios globales que creemos estar observando, sino presuntamente el Sol (y otros fenómenos naturales como El Niño y La Niña, etc). En otras palabras, nos estamos recalentando porque el Sol también lo está siendo (variación de la “constante” solar), debido a su actividad natural. Y es que el Sol es el principal protagonista, directo o indirecto, de todos los cambios climáticos que se han originado en la Tierra, a lo largo de toda su historia geológica.
La anterior opinión pertenece a un grupo de investigadores de origen ruso, liderizado por el académico O.G. Sorokhtin, quienes apoyan sus argumentos en un modelo más realista, de tipo termodinámico-adiabático, de calentamiento-enfriamiento por convección de la troposfera que demuestra lo insignificante de la variación de la temperatura terrestre, si se doblara la concentración actual de CO 2 (Khilyuk & Chilingar, 2003, 2004; Chilingar & Khilyuk, 2007; Aeschbach-Hertig, 2007; Chilingar et al., 2008a; Chilingar et al., 2008b). Esto contrasta notoriamente con el otro esquema (de tipo radiativo), mas sensible a dicha concentración y sobre el cual se basa el Protocolo de Kyoto, propuesto por el sueco Svante Arrhenius en 1896 (Ambio, 1997) y desarrollado como la teoría del mal llamado “Efecto Invernadero” (Essex, 1986, 1991; Essex et al., 2007; Essex & McKitrick, 2007; Gerlich & Tscheuschner, 2007), el cual sobre-estima el aumento de temperatura.
Entonces, si el CO 2 artificial no es la causa del recalentamiento global observado, ¿cuál es? Baliunas & Soon (1996) y Soon et al. (1996), apoyados en el trabajo de Friis-Christensen & Lassen (1991), sostienen que la razón es una conexión natural Sol-clima. El grupo de Sorokhtin afirma, con base en esto último, que la cosa es al revés. El origen del aumento del CO 2 atmosférico es la variabilidad solar, vía disminución de la solubilidad del océano (Ley de Henry), debido a su aumento de temperatura por incremento de la radiación solar; así, el efecto pasa a ser la causa y viceversa. Este grupo, se atreve, inclusive, a probar que un excedente de CO 2 debe causar un enfriamiento de la troposfera, lo cual revive la controversial investigación de los 80 de Sherwood Idso (1980a, 1980b, 1982) que mostró lo mismo y también la reinterpretación realizada por Ellsaesser (1984) en aquella época y actualizada años después por este mismo autor (Ellasaesser, 1990).
Visto lo anterior, los humanos no seríamos tan culpables del recalentamiento global, el Protocolo de Kyoto (1997, 2005) no tendría tanto sentido [amén de que el cambio climático podría ser abrupto y no gradual (Thielen & Lairet-Centeno, 2007), por lo que éste no serviría para nada] y los EE.UU. no tenían por qué firmarlo hasta que estuvieran seguros y convencidos; ahí están las razones del por qué nunca lo hicieron.
El 11 de julio de 2002, James L. Connaughton, asesor presidencial y jefe del Consejo de la Casa Blanca para la Calidad Ambiental, solicitó al senado norteamericano no firmar dicho protocolo. Y desde su implementación en 2005, este protocolo ha costado 10 millardos de USD mensuales. Este planteamiento científico alternativo es crucial. Aunque es el principal contaminador del planeta, EE.UU. sería, en principio, eximido de ser el causante del problema (http://www.oism.org/pproject/), al igual que a los países productores de petróleo, como el nuestro, porque en todo caso, como lo dice Gerhard (2004), “el clima cambiará o para mas frío o para mas caliente con o sin la interferencia humana”; aun así, la pertinencia del Protocolo de Kyoto, aunque cuestionada, o aquel otro protocolo que lo sustituya, es muy importante… por si a caso.
Como resultado de esta última afirmación debida a Gerhard, uno podría pensar que la última parte del Artículo 127 de la Constitución Nacional, que se refiere a la especial obligación del estado venezolano de proteger el clima, pierde su sentido ya que con los siglos el clima, no importa lo que haga el Estado, cambiará inexorablemente; y esto no lo sabían los constituyentes de 1999 que dieron origen a esta última Constitución. De lo contrario, ¿qué quisieron decir ellos en el Artículo 127 cuando se refirieron a proteger el clima? ¿El actual o el del futuro? Creo que allí hay una inexactitud constitucional, merecedora de una enmienda.
Dr. Marcos A. Peñaloza-Murillo* (Ph.D.)
Profesor Asociado
Universidad de Los Andes
Facultad de Ciencias
Departamento dce Física
Mérida.-
(*) Actualmente profesor invitado de la cátedra de Meteorología y Climatología
de la Facultad de Ciencias Forestales y Ambientales de la Universidad de Los Andes,
Mérida.
(enero2005@yahoo.com)