Gilberto Carreño / Círculo Ambiental
El cierre de 2090 no podía ser más dramático y decepcionante para la enorme cantidad de personas que en todo el mundo cifraban sus esperanzas en la Cumbre de Copenhague para darle un respiro al clima global. Y no logramos entender del todo por qué tanto optimismo transformado en frustración, si lo que se vaticinaba desde distintos puntos del planeta formaba parte de la crónica de un fracaso anunciado.
No fueron suficiente las múltiples y costosas cumbres y minicumbres que desde 1997 mantuvieron las expectativas de la humanidad en relación con lo que podría esperarse de lo que al final resultó el gran show de Dinamarca, donde a la final sólo cinco países se arrogaron el derecho a dictarle al resto de los 194 países representados en el esperado encuentro la pauta a seguir en materia de protección climática.
El analista de temas ambientales de la BBC, Matt McGrath, señala en uno de sus informes que el documento encontró la oposición de Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Cuba y Sudán, que argumentaron que las medidas reflejadas son insuficientes para solucionar el problema del cambio climático. "Muchos estados aceptaron el acuerdo a regañadientes porque lo consideran corto en acciones concretas. Otros, como estos países latinoamericanos y algunos estados insulares, se sienten descontentos, no sólo con el contenido del acuerdo, sino también con la manera en que se ha elaborado. Creen que fueron excluidos del proceso", apuntó McGrath.
El Acuerdo de Copenhague
Tras dos semanas de intensas discusiones que una vez más pusieron en evidencia la pugna de intereses entre los
países que han alcanzado importantes niveles de desarrollo industrial frente a los que aún transitan esa vía y los que todavía no la han iniciado, los resultados de la cumbre evidencian un marcado retroceso en relación a los alcances del protocolo de Kioto donde, a diferencia de la reciente reunión, se establecieron responsabilidades y compromisos claros y obligatorios de los países participantes.
El acuerdo cocinado por los representantes de Estados Unidos, China, Brasil, India y Sudáfrica, a quienes se unió la Unión Europea de la que se esperaba un mejor desempeño contiene los siguientes:
1) Omite el monto global de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, en contra de la aspiración de la mayoría de los países del mundo, limitándose sólo a proponer “profundos recortes”, y posponiendo hasta el primero de febrero de 2010 la fecha para que los principales países generadores de gases contaminantes establezcan sus propios compromisos de reducción de emisiones. En el acuerdo también se fija el mismo plazo para que los países en vías de desarrollo implementen acciones de mitigación para reducir sus porcentajes de emisiones de dióxido de carbono (CO2) de manera voluntaria.
2) Se alude a la necesidad de limitar la subida de la temperatura terrestre en dos grados con respecto al nivel de 1900 fijado en el protocolo de Kyoto, contra el deseo de muchos de limitarla a 1,5 grados. No se establecen las medidas ni los plazos que se adoptarían para alcanzar dicho límite.
3) Se establece el financiamiento que los países ricos deberán destinar a la mitigación y adaptación al cambio climático de las naciones no desarrolladas y la cual se fijó entre 30.000 millones de dólares entre 20010 y 2012 y de 100 millones de dólares a partir de 2020. De esos 30.000 millones de dólares para tres años, EEUU deberá aportar 3.600 millones de dólares, la Unión Europea 10.600 millones y Japón, otros 11.000 millones de dólares. Esos fondos procederán de fuentes "privadas, públicas, bilaterales y multilaterales, incluidos recursos alternativos de financiación". Estas cifras han sido consideradas por muchos como irrisorias frente a lo que se va a necesitar y no se dice nada sobre quién las va a administrar, ni con qué criterios.
4) Los mecanismos de supervisión y verificación de las emisiones resultaron suavizadas en relación con los textos anteriores y establece “sistemas internacionales de consulta y análisis” de manera de garantizar el respeto a la soberanía de cada país, principio fuertemente defendido por China, la India y Brasil. En tal sentido, los países que reciban fondos para esas acciones de mitigación, deberán someter sus emisiones a mediciones nacionales y comunicarlas cada dos años a la Convención de la ONU sobre Cambio Climático.
5) El texto prevé que deben destinarse fondos "nuevos, adicionales y predecibles" para la adaptación y la mitigación del cambio climático y de manera especial la prevención de la deforestación, con énfasis en los países menos desarrollados, entre ellas las islas del pacífico y las naciones africanas. Sin embargo, no queda claro de dónde saldrá el dinero para combatir la deforestación.
6) Se establece una revisión del acuerdo en el 2015 para estudiar la posibilidad de limitar el calentamiento a sólo 1,5 grados y se fija para fines de 2010 la XVI Conferencia sobre Cambio Climático en México.
Lo que se pierde en este acuerdo
A simple vista es más lo que se pierde que lo que se gana en Copenhague, si comparamos sus resultados con lo que regía hasta el momento con base en el Protocolo de Kioto.
Se considera, en primer lugar, que se pierde lo más importante del Protocolo de Kioto como era su carácter vinculante, es decir obligatorio; y aun cuando se deje abierta la posibilidad para definir metas cuantitativas vinculantes para un futuro, hay motivos para desconfiar sobre el particular si tomamos en cuenta que después de más de 10 años de negociaciones sólo se llegara a un documento tan débil como el surgido en la Cumbre de Copenhague y que apenas constituye una simple declaración de intenciones.
Se abandona definitivamente la meta de 350 partes por millón (ppm) de bióxido de carbono equivalente (CO2e), cuyo nivel es recomendado por científicos para estabilizar el aumento de la temperatura terrestre y ubicarlo a niveles inofensivos para el clima. El acuerdo de Copenhague establece la meta de 2° C que es asociado a niveles cercanos a las 450 ppm de CO2e, que afectaría especialmente a los países africanos e insulares.
Se elimina el principio de la equidad, favoreciendo la imposición de criterios de los países más contaminantes sobre los más afectados por los efectos del cambio climático. De hecho, los países amenazados de desaparecer por efecto del derretimiento de los glaciares y los que sufren y sufrirán la creciente desertización, fueron excluidos en la negociación del acuerdo. Al final de la conferencia, las delegaciones del resto de los 194 países participantes debieron conformarse con solo tomar nota del acuerdo, ya que el mismo no fue votado ni firmado por nadie.
Basta de quejarnos y enseriémonos
Después del show de Copenhague,como bien podríamos denominarlo, varias cosas quedan claro:
En primer lugar, resulta necesario definir nuevas tácticas para que los países del mundo puedan avanzar hacia la estrategia común de evitar el progresivo deterioro ambiental que sufre el planeta. John Sauven, director ejecutivo de Greenpeace en el Reino Unido lo expresó de esta manera "Ha quedado claro que la lucha contra el cambio climático requiere un modelo de política radicalmente diferente al que han mostrado en Copenhague”.
Segundo, si bien es cierto que el cambio climático requiere la cooperación global, por ser las emisiones globales de efecto invernadero el desencadenante de este proceso de deterioro atmosférico que se observa, también es preciso profundizar en los acuerdos regionales de naciones para enfrentar problemas ambientales comunes y, especialmente, emprender a nivel de cada nación acciones sinceras de mitigación de los efectos contaminantes.
Podríamos afirmar, en el caso de Venezuela, que el Gobierno está en la obligación de salir de la retórica que en materia ambiental mantiene y salir en busca de los expertos especialmente agrupados en nuestras universidades y ONG de la importancia de Vitalis, Fundación Venezolana de Ciencias Naturales y Fundación La Salle, entre otras, para definir programas concretos aplicados desde las propias comunidades con el fin de resolver asuntos sencillos que en su conjunto se convierten en problemas ambientales graves como: el mal manejo de los desechos sólidos; la contaminación y manejo inadecuado de las fuentes de agua; la progresiva pérdida de la diversidad biológica por efecto de la sobreexplotación de los bosques, incendios forestales, invasiones y cacería furtiva; despilfarro de la energía y de los combustibles y progresiva contaminación atmosférica de proveniente de fuentes fijas y móviles…
Asimismo, se requiere de una acción educativa formal así como informal, que establezca la obligatoriedad de la materia ambiental en todos los niveles de la educación y formación profesional, al igual que en las distintas agrupaciones vecinales, sociales, deportivas y otras. De igual manera, completar el trabajo legislativo de la Asamblea, mediante la formulación de los reglamentos actualmente en mora de las principales leyes ambientales del país. Sería como emprender verdaderamente una auténtica revolución ambiental en el país.
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