La farmacia amazónica

Caracas, 12.05.2010 / Saúl Godoy Gómez
Haciendo un cálculo optimista apenas se ha estudiado un 5% de las aproximadas 80.000 especies vegetales que todavía existen en la selva amazónica y es interesante notar que muchas de las actuales medicinas vienen de las plantas.

Por ejemplo, la penicilina se saca del moho, la cortisona se extrajo de una liana llamada yam, el relajante muscular tubocurarina de otra liana tropical de la que los indios extraen el curare, la droga atropina para el tratamiento de úlceras estomacales viene de la belladona, de la llamada raíz serpiente en la India nos viene un tranquilizador y controlador de la presión sanguínea conocido como reserpina, la codeína, ese potente analgésico y anestésico se extrae de la amapola.

Se trata de una carrera contra el tiempo si tomamos en cuenta la rata de destrucción de la selva tropical, compañías madereras, agricultores, mineros, ganaderos, gobiernos desarrollistas y poblaciones desplazadas hacen desaparecer millones de kilómetros de selva al año y con ello la desaparición de miles de especies que podrían significar la próxima cura para enfermedades como el cáncer.

En los años cincuentas se descubrió en Madagascar el extracto de una flor de la familia de las Apocináceas que los nativos usaban para bajar el contenido de azúcar en la sangre de los diabéticos, los laboratorios la investigaron tratando de encontrar un substituto para la insulina pero sin suerte, en su lugar encontraron una de las drogas más efectivas hasta el momento para combatir la leucemia en los niños.

La selva tropical es una inmensa fábrica de químicos y la comunidad científica lo sabe, allí se dan combinaciones moleculares tan fantásticas, que ni en mil años podría un laboratorio descubrirlas todas.

Y sucede lo mismo con los animales, batracios, peces, mamíferos de los que se extraen substancias que presentan respuestas naturales a problemas hasta ahora insolubles.

Al acabar con una especie, no solo afectamos a un sistema de vida íntimamente relacionado, de especies que dependen unas de otras, sino que cerramos definitivamente opciones para el futuro.

Una de las instituciones que más dinero invierte en el mundo, en la investigación de plantas tropicales y sus aplicaciones médicas, es el National Cancer Institute (NCI) de los Estados Unidos, el cual, por medio de préstamos, contratos, donaciones  y financiamientos especiales, y en conjunción con institutos de investigación e investigadores individuales, lleva a cabo una labor de estudio en las principales selvas tropicales del mundo. Igualmente, laboratorios farmacéuticos transnacionales y otras corporaciones con intereses en la industria, gastan ingentes cantidades de dinero en estas investigaciones, aunque sus fines no sean tan loables como el del NCI que pone todos sus hallazgos a disposición de otros investigadores.

Detrás de estos medicamentos "milagrosos" hay un negocio multimillonario que se ve ahora potenciado con las nuevas tecnologías de la ingeniería genética y el proyecto Genoma Humano.

Prácticamente estamos en el umbral de lo que se podría convertir en un saqueo del patrimonio genético de los países que tienen selvas tropicales si no se regula la actividad de la investigación, y posterior generación de patentes y derechos comerciales sobre medicamentos, muchas de estas substancias son luego sintetizadas en los laboratorios, y a partir de allí, se elaboran las líneas de producción de una industria globalizada lista para cosechar nuevas ganancias con remedios de última generación.

Hay un problema básico de justicia que se plantea con las naciones que poseen en sus territorios selvas tropicales, la mayor parte de ellas países del Tercer Mundo, en esos territorios por lo general habitan pueblos aborígenes quienes son los que manejan los conocimientos ancestrales de la farmacopea natural. Los investigadores de países desarrollados son los primeros interesados en rescatar esos conocimientos, ubicar las especies y llevarse a sus laboratorios especímenes para pruebas, esa transferencia de conocimientos es vital y muchas veces ni los aborígenes ni los países anfitriones reciben ninguna contraprestación. Lo que se está tratando de lograr es que parte de las ganancias que genera la industria final, una parte regrese a los países de origen y contribuyan al desarrollo de las regiones.

Pero también hay gobiernos y posiciones ideológicas extremas que han cerrado toda posibilidad para esta transferencia de conocimiento se realice, han expulsado investigadores y cerrado sus fronteras para estos científicos bajo pretensiones imposibles de cumplir o bajo la ilusión de que el país puede hacerse cargo de dicha transferencia, cuando saben que tecnológicamente y financieramente no tienen como hacerlo, pierde entonces la humanidad entera al impedirse el desarrollo de nuevos medicamentos.

Pero de todas maneras surge un tremendo dilema, estamos acabando con nuestras selvas a una velocidad vertiginosa, si el trabajo de catalogación, investigación y recolección de especies no se hace pronto, y algunos expertos calculan un horizonte de veinte años, toda posibilidad de estudio y desarrollo de estas especies se perderá para siempre. Es por ello que se impone una voluntad negociadora, abierta a las posibilidades de cooperación y participación, apartando la engorrosa burocracia oficial, la avaricia y las astronómicas ganancias de la industria farmacéutica, e involucrando a los pueblos aborígenes, conscientes todas las partes que se trata de una carrera en contra de las enfermedades y de la desaparición de especies naturales y sus hábitats, que es lo mismo que perder la posibilidad de encontrar una cura para los males que hoy sufre la humanidad.

percival367@yahoo.com

 

 

 

 

 

   
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