18/08/2009
Caracas y sus alrededores ha venido experimentando en los últimos años un posicionamiento, en muchos casos con marcado alborozo, por parte de animales de diversas especies, aspectos formas y colores que vienen y van, en su gran mayoría aves; que se dejan ver y luego desaparecen, sin importarles mucho que su presencia pase desapercibida o que llame la atención. Se trata de la fauna silvestre del valle de Caracas que, en un proceso observable desde hace algún tiempo, parece estar regresando, junto con algunos invitados, para reconquistar su antiguo hábitat usurpado por el proceso urbanizador que se desató en esta ciudad a partir de los años 50.
Quienes viven o transitan por la zona este de la ciudad, tienen el privilegio de escuchar en cada árbol y a toda hora el canto de los pájaros, y ver el precioso espectáculo que ofrecen las bandadas de loros y guacamayas que vuelan hacia distintos puntos como el Jardín Botánico, el Parque Francisco de Miranda, la avenida Río de Janeiro de las Mercedes, las urbanizaciones situadas a las faldas de El Ávila (Warairarepano) y en El Cafetal, entre muchas otras.
Este espectáculo, por demás gratuito, no es muy común en las grandes urbes del mundo, tan criticadas por los conservacionistas y amantes de la Naturaleza en general, debido al creciente deterioro ambiental que presentan como son entre otros los casos de Ciudad México y Santiago de Chile.
Sobre la abundante presencia en el valle de Caracas de especies de la familia de los psitácidos hay diferentes versiones, ninguna de ellas confirmadas, por no existir o al menos no conocida, ninguna investigación reciente sobre el particular. Un ecólogo como José Luis Méndez Arocha, exdirector de Profauna y quien fue curador de la Fundación La Salle, nos comentaba no recordar haber visto en el pasado tal cantidad de loros y guacamayas como como las que pueden ser observadas hoy día, incluso en árboles que crecen a orillas de la Autopista del Este.
Por su parte el ornitólogo Miguel Benezra cree que muchas de esas aves fueron traídas como mascotas desde el interior y que en algunos casos se escaparon o fueron liberadas por sus captores y que se han reproducido formando las poblaciones que vemos a diario en el área metropolitana. En el caso de las guacamayas azul-amarillo, bandera, militari y la llamada enana, sus áreas de distribución están muy lejos de Caracas.
“Entre los recién llegados, figura también un loro africano, una especie exótica, que es muy común verla en los predios del Parque del Este”, agregó el experto.
Otras aves silvestres que hoy “están de regreso” son los gavilanes, cristofués, azulejos, tucusitos, chirulíes, cucaracheros, tortolitas y tolditos, entre otros, que aprovechan como sitio de descanso, alimentación y reproducción, la floresta citadina, conformada por residuos de la vegetación original del valle y por la que ha sido sembrada con fines ornamentales en urbanizaciones caraqueñas.
Otros factores que aparentemente han incidido en la numerosa presencia de psitáscidos y pájaros en la ciudad, es la falta de depredadores naturales y la disponibilidad de alimentos., opinó Benezra.
No podemos dejar de mencionar el caso de las guacharacas que se han atrincherado en los espacios de zona boscosa que aún existen en El Cafetal y en otras urbanizaciones aledañas del este caraqueño.
A estas aves de la familia de las Crasidae, se les puede observar en esta zona de la región capital en
familias de cinco a siete especímenes, los cuales con mucho sigilo vuelan sobre calles y avenidas, aventurándose a bajar a los jardines de casas y estacionamientos de los edificios en busca de alimentos. De noche se recogen para dormir en el follaje y muchas veces al filo de la media noche se despiertan con el sonido de las sirenas de las ambulancias que se dirigen hacia alguna de las clínicas del sector, y comienzan su carrasposo cantar, como si estuvieran respondiendo al llamado de alguna ave extraña.
Pero no sólo loros, pericos, guacamayas y pajaritos conviven con nosotros en esta metrópolis; mamíferos como la pereza y la ardilla, pueden ser observadas lo mismo en Caurimare, que en la urbanización Miranda; mientras que el tímido rabipelao se oculta de día en cualquier matorral, para luego morir arrollado en cualquier calle por su incapacidad de reaccionar ante las luces de los carros.
Si de mamíferos se trata, en nuestra capital los murciélagos constituyen el grupo más grande de esta especie. Los hay insectívoros, frutíferos y hasta los que se alimentan de sangre animal. Su presencia puede ser detectada por su vuelo rápido y arriesgado cuando cae la tarde o simplemente por la huella de guano que dejan bajo los árboles y otros lugares donde se ocultan durante el día. Contrariamente a lo que mucha gente piensa, los murciélagos son grandes benefactores del hombre y de la naturaleza en general, porque actúan como controladores de insectos, polinizadores y dispersores de semillas.
En cuanto a batracios, al pequeño sapito de origen foráneo lo escuchamos en medio de la oscuridad de la noche; más generalmente muy difícil de percibir visualmente, por lo eficaz de su mimetismo que lo hace invisible en el follaje de los jardines. Entre los reptiles, las lagartijas apuran su paso nervioso en cualquier solar; mientras que la iguana no pudo ser extinguida con la salvaje práctica de abrirle la barriga para extraerle los huevos. De su presencia son testigos las lozas de cemento que se alinean a ambos lados del río Guaire desde Caricuao hasta Petare.
La conclusión de esta crónica es que, liberados, escapados o residentes, este conjunto de animales que hemos reseñado, día a día alegra la vida a quienes vivimos en este valle sobrepoblado, lleno de ruidos y de humo contaminante. Son una bendición de Dios.
Lic. Luis Cova, periodista ambiental
e-mail: luisjcova@hotmailcom