Gilberto Carreño / Círculo Ambiental
Que coincidencia tan fatal que a sólo pocas horas para que los defensores de los recursos naturales dieran inicio en Caracas y en todo el país, a sus actividades destinadas a conmemorar el Día del Agua, gigantescas lenguas de fuego arrasaron con alrededor de 100 hectáreas de nuestro querido cerro, consumiendo una inmensa porción de su privilegiado hábitat de especies vegetales y faunísticas, en gran medida por el desaprovechamiento del agua en el Warairarepano.
Realmente contradictorio resulta el hecho de que, pese a ser el Ávila prácticamente una esponja que acumula en sus entrañas incalculables volúmenes de agua que escurren cuesta abajo para alimentar centenares de arroyos y quebradas que finalmente van a parar al Güaire, no cuente hasta ahora con un sistema de irrigación que le permita autodefenderse de las manos criminales que provocan sus incendios.
Cierto es que cubrir toda la extensión del Warairarepano con un sistema de riego protector resultaría un tanto costoso; sin embargo consideramos que nuestro cerro no tiene precio. Ninguna fortuna sería tan grande como los beneficios ambientales que presta a Caracas esa inmensamente rica montaña.
Sabemos que existe una infraestructura de riego que desde la creación del Instituto Nacional de Parques, en 1973 era de alguna manera ampliada progresivamente por las autoridades que se han sucedido en la conducción del organismo, adscrito al Ministerio del Ambiente. La última vez que vimos incorporar nuevos tubos e incluso un gran tanque, para ofrecer protección a uno de los puntos más vulnerables de la montaña, como es el estribo de Duarte, fue a finales de los 80, bajo la presidencia de Germán Romero en Inparques.
Desde entonces no hemos tenido noticias, o por lo menos no las hemos recibido nosotros, sobre la ampliación de la red de protección del parque; pero si hemos sabido de los incendios que años tras años empobrecen su sistema ecológico. Esporádicas jornadas de reforestación, poesías y canciones han sobrado para rendir homenaje al Ávila, pero una obra hidráulica que le permita con su propia agua saciar su propia sed, es lo que realmente necesita para que pueda seguir brindando a los caraqueños sus naturales favores.
De igual manera, es necesario acudir a las tecnologías más avanzadas en materia de combate aéreo de incendios de vegetación; pues resulta realmente criminal exponer a esos jóvenes que, con todo fervor e indudable amor por el parque, se entregan a las duras tareas de enfrentar ese fuego abrasador con los rústicos implementos de los cuales disponen los bomberos caraqueños e Inparques para enfrentar un siniestro de la naturaleza de los que tienen lugar en el Warairarepano.
Es hora de que las autoridades ambientales den el valor que requiere nuestra apreciada montaña. Basta de cancioncitas y fiestitas pendejas para celebrarle al Ávila sus cumpleaños, e investiguen sobre las distintas tecnologías existentes en materia de prevención y combate de incendios forestales, porque realmente no podemos legarle a las futuras generaciones nuestro ícono ambiental convertido en una horrible montaña de cenizas.
Finalmente es necesario que expresemos nuestro modesto aporte en relación con el origen del fuego en el Ávila y en cualquier masa forestal. Las enseñanzas recibidas en cursos sobre incendios forestales no han reforzado en el criterio de que la ignición espontánea es extremadamente difícil, por no decir imposible.
Prácticas dirigidas por bomberos forestales, concretamente funcionarios de Inparques adscritos a la estación del Parque El Ávila, nos permitieron comprobar, con el uso de potentes lupas y exposición a fuertes rayos solares aplicadas a paja seca, que es prácticamente imposible originar fuego.
Somos, estrictamente convencidos de que tras todo incendio de vegetación existe una mano criminal o por lo menos irresponsable; en este último caso, debido a la costumbre de algunos de dejar fogatas encendidas o quemas no controladas con el debido rigor, que pueden originar chispas las cuales al ser trasladas por el viento pueden dar origen a incendios de vegetación.
Sobre todo esto queda mucho por comentar, pero sería interesante abrir una discusión profunda sobre este tema que hoy debe afligirnos a todos los caraqueños, beneficiarios y dolientes directos de nuestra majestuosa montaña.
Gilberto Carreño
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