Caracas, 15.08.2011 / Saúl Godoy Gómez
Se habla de una tradición arcadiana que nos viene de los griegos al momento de tocar el tema de los jardines, La Arcadia era una región en el Peloponeso en la que los poetas antiguos ubicaban la mansión de la felicidad e inocencia humana, el poeta Hesíodo habla de una época feliz en que los hombres vivían como los dioses, sus días transcurrían en la tranquilidad y la alegría y la tierra era más bella que ahora.
Su imagen principal era la de un jardín que fue soñado y pintado por grandes artistas como Giorgione, Bellini, Tiziano, Lorraine, Poussin y Chardin, entre otros.
Esta imagen del jardín ideal donde el hombre puede morar feliz, constituyó con el tiempo en el ideal del jardín para el hombre occidental.
Los japoneses, los chinos, los hindúes y la mayoría de los pueblos asiáticos tienen su particular idea de jardín, elementos como las piedras, las lámparas, los grandes árboles y los estanques se conjugan para lograr esa combinación con la naturaleza de serenidad y belleza creada y cultivada por el hombre.
El jardín del paraíso y otras versiones del vergel original son comunes a todas las civilizaciones, pero fue la idea de la Arcadia la que se fijó con más fuerza en la mente helénica.
Si fuéramos a la búsqueda de antecedentes históricos, la tierra idílica de Dilmun era para los sumerios el paraíso, donde no había enfermedades ni muerte, para los antiguos pueblos hebreos Palestina era la tierra prometida donde el maná, la leche y la miel alimentaba al pueblo sin mayor esfuerzo, los jardines egipcios y babilónicos representan hitos importantes y monumentales, el mismo Homero le cantó a ese lugar fantástico, Phaikaia, el jardín de los dioses.
Para el profesor Rene Dubos la arcadia era la adecuación idealizada del hombre a su entorno.
Ya desde la antigüedad los jardines tenían una función individual y colectiva importante, lugar para la meditación, el romance, la celebración, el descanso… el elemento estético jugaba un predominante papel al momento de escoger las flores y las diferentes matas que ocuparían su lugar en el paisaje íntimo, la armonía tenía que generar belleza, frescor, serenidad, los caminos que lo circulaban, los sitios para contemplarlo, sus accesos y salidas, el conjunto era una obra más de arte.
Cuando los hombres se reunieron en ciudades para vivir, llevaron el jardín a sus calles y plazas, no era el huerto, que cumplía funciones utilitarias, eran esos otros espacios donde la gente gustaba caminar y reunirse entre frondosos árboles o en esas imitaciones de oasis en el desierto, donde de seguro encontrarían un aljibe en el cual refrescarse.
En Arcadia el hombre colabora con la naturaleza con el propósito de generar una abundante diversidad ecológica que de otra manera no existiría.
Y arte fue lo que practicaron los romanos al momento de concebir los jardines de Sicilia y Nápoles, dándole ese aire mediterráneo y sensual.
Los jardines botánicos se desarrollaron bajo el patrón que impuso el Museo en Alejandría en los tiempos de Tolomeo, lugar para botánicos y coleccionistas donde se estudiaban las especies exóticas venidas de otros lugares, pero no por ello, exentos de orden y armonía.
Los ingleses cultivaron la campiña con verdadero entusiasmo por generaciones, llegando a generar un estilo propio de jardines, desarrollaron el arte topiario, darle formas a los arbustos, por lo general unos tipos de ficus y setos para adornar laberintos y otras formas ornamentales, de allí tenemos obras maestras como el jardín de Pope en Twickenham, Stoarhead.
Los franceses hicieron otro tanto, en los grandes palacios reales de París y en los jardines de Giverny en la Bretaña normanda que quedaron inmortalizados por Monet en sus telas.
Los árabes, maestros de las fuentes en el Al-Andalúz crearon para su confort el patio andaluz que tanta influencia tuvo luego en Hispanoamérica.
En Norteamérica los jardines no solo fueron pintados por la escuela paisajista del río Hudson, sino exaltado por la pluma de Thoreau y finalmente desplegado en ambicioso paisajismo por F. Law Olmsted, creador del Central Park de New York y posteriormente, su hijo diseño el Country Club de Caracas.
Con el siglo XX los jardines se hacen parte esencial del diseño urbano, en Venezuela tenemos el orgullo de contar con John Stoddart, vanguardista del modernismo en Latinoamérica y uno de los creadores del Parque Rómulo Betancourt o Parque del Este en Caracas, uno de los pocos jardines en el mundo diseñado con una montaña como centro de inspiración.
Arcadia ha sufrido continuos pero ligeros cambios, es adaptable a toda clase de alteración secundaria en cuanto a su ecología, tomemos por ejemplo las pequeñas jardineras cultivadas con esmero en apartamentos, o los pequeñísimos terrariums, inspirados en el arte de los Bonzai, pero sin embargo su esencia permanece, ya que protege y preserva lo que es necesario y bueno.
Cultivar un jardín y cuidarlo ya no es solo un hobby, es una necesidad humana, pensar en la infancia sin un jardín es un exabrupto, igual que privarle al anciano la oportunidad de regar sus flores y remover la tierra de sus porrones, los jardines son extensiones necesarias del ser humano, muchas veces los reflejos de sus almas.
Saúl Godoy Gómez