Mérida,15.08.2011/Marcos A.Peñaloza-Murillo-ULA
El presunto recalentamiento global terrestre asume como causa, la acción radiactiva extra de los mal-llamados gases de invernadero, como el CO2, metano, ozono, etc, que, producto de la actividad antropogénica y biogénica, son intercambiados entre la atmósfera, la biosfera y la hidrosfera. En la mezcla de estos gases, enviado al aire, va un componente diferente -no gaseoso- de origen antrópico, cuya notoriedad se hizo sentir precisamente justo en los días subsiguientes al ataque suicida de los dos aviones de pasajeros, secuestrados por terroristas, que impactaron y derribaron las torres gemelas del World Trade Center de New York, el pasado 11 de septiembre de 2001.
A una década de este desastre y tragedia, hay algo que ha pasado desapercibido en la opinión pública y que se conoce poco. Investigaciones han revelado, desde hace ya algunas décadas, una significativa reducción en la radiación solar que alcanza la superficie terrestre, equivalente a 2.7% por década en la segunda mitad del siglo 20. Y esto se le ha atribuido a un aumento de ese componente antropogénico no gaseoso (aerosoles o partículas en suspensión) que contamina al aire, y que cambia las propiedades ópticas de la atmósfera, en particular, aquellas relacionadas con las nubes.
Este efecto ha ido al lado de otro: una disminución en la evaporación a nivel de la superficie, en ese mismo lapso, como la ha revelado otro estudio de 2002, publicado en la revista Science, que aparentemente contradice un esperado crecimiento en dicha evaporación debido un presunto aumento de la temperatura global (efecto de invernadero). Se insiste en que estos efectos atenuantes de la radiación solar y el de la evaporación, se deben a un aumento de la nubosidad y de la concentración de aerosoles de origen antrópico.
Una fuente segura de ambas cosas es la asociada a las estelas dejadas por el tráfico aéreo que, hoy día, en el espacio aéreo de los EE.UU. es uno de los más fuertes del mundo permanente las 24 horas del día. Desde hace tiempo los investigadores norteamericanos querían imaginarse cómo sería la respuesta de la atmósfera en el caso de que los vuelos sobre territorio estadounidense desaparecieran repentinamente, eliminándose así estas fuentes móviles de contaminación de un solo golpe.
Y sin esperarlo, ese día llegó de golpe, pero de una manera trágica y desastrosa. A partir del 11 de septiembre de 2001, y por tres días consecutivos, todos los vuelos privados y comerciales sobre ese gigantesco territorio fueron suspendidos; las operaciones aéreas civiles fueron cerradas. Miles de aviones tuvieron que aterrizar lo más pronto posible en esa fatídica fecha y permanecer en tierra al menos por 72 horas. ¿Cómo reaccionó la atmósfera al verse vacía de aviones? Las estaciones meteorológicas, unas 4000 aproximadamente, de la unión americana (excluyendo Hawaii y Alaska), detectaron un aumento en la oscilación diaria de la temperatura, siendo esta definida como la diferencia (resta) entre la temperatura máxima y mínima diarias, y que se atribuye a la ausencia del material contaminante expulsado por las toberas de los motores durante ese lapso.
En presencia de éste, esta oscilación, “normalmente”, es menor ya que el aerosol bloquea, ambas, la entrada de radiación solar y la salida de radiación infrarroja proveniente de la superficie, evitando que la mínima se aleje mucho de la máxima. Un resultado científico observacional inesperado, del ataque a las extintas torres gemelas, es que la acción de los aerosoles antropogénico expulsado por las aeronaves, sobre la disminución de la radiación solar, es un hecho comprobado, lo cual corrobora en cierta manera el escepticismo que existe en algunos sobre la veracidad y utilidad del concepto relativo a lo que se conoce como recalentamiento global terrestre.
Los terroristas de este asombroso atentado, nunca se imaginaron los alcances de su locura. Ahí tienen, pues, señores del gobierno, una prueba más (aportada sin querer por el “imperio”) sobre cuáles serían los beneficios del día de parada del tráfico automotor en la ciudad de Caracas (o en cualquier ciudad grande de Venezuela), que sería un buen regalo para limpiar su aire, tan merecido por sus habitantes y que el Estado, constitucionalmente (Artículo 127), está obligado a hacer.
Dr. Marcos A. Peñaloza-Murillo (Ph.D.)
Universidad de Los Andes
Facultad de Ciencias
Departamento de Física
Mérida
enero2005@yahoo.com