Caracas, 13.09.2011 / Saúl Godoy Gómez
Estamos acostumbrados a ver en los ríos sólo el agua, no pensamos en los bosques y pantanos que encontramos en su recorrido, en las llanuras inundables, en los montes altos y henchidos de nieblas y nubes, en las playas arenosas, en las cascadas estruendosas, en las aguas subterráneas, en los espectaculares deltas y en toda esa vida silvestre que crece a su alrededor, los ríos son todo eso y mucho más, es el sedimento que arrastra, los minerales disueltos, el detritus natural de plantas y animales muertos tan importantes para la regeneración de la naturaleza.
Los ríos empiezan en las cumbres de las montañas, producto de las lluvias y de las nieves que se derriten; primero son riachuelos que saltan entre rocas y descienden dando vida a su entorno, se les unen en su viaje pequeñas corrientes tributarias, algunas subterráneas que engrosan su volumen y los convierten en ríos.
Ese es más o menos la descripción que hace Donald Worster del nacimiento de un río en su extraordinario libro, Los ríos amordazados, todo un alegato naturalista y ecologista en contra de los grandes embalses y represas que al hombre moderno y desarrollista, le gusta tanto construir.
Venezuela es un país de ríos, aún muchos de nosotros no lo hemos descubierto. Los conquistadores españoles lo sabían, fundaban sus ciudades en las riberas de los ríos, así como anteriormente habían hecho sus conquistadores; los árabes, así como habían hecho mucho antes los chinos e hindúes en sus magníficas civilizaciones, así como lo hizo el antiguo Egipto, hasta llegar al abuelo de todos los ríos, el Éufrates, en Mesopotamia, donde empezó todo.
Nómbrame el río que tienes cerca y te diré quién eres, casi que podríamos decir.
Y es que los ríos no sólo son sagrados, dadores de vida y de muerte, son la esencia del comercio, de la agricultura, de los estilos de vida, de la historia.
En Venezuela es muy difícil que una ciudad o población importante no esté ligada a la historia de un río, somos básicamente un país de agua y entender este hecho es fundamental para entender nuestro pasado, presente y futuro.
Pero trágicamente ese olvido, ese momento en que los venezolanos le dimos la espalda a los ríos, en que en vez de venerarlos y cuidarlos, y nos dimos a la ingrata labor de destruirlos y ensuciarlos, de convertirlos en nuestras cloacas y explotarlos sin compasión, ese momento, nos convirtió en salvajes y, desde entonces no hemos dejado de degenerar como sociedad humana.
A mediados del siglo XX los ingenieros venezolanos vieron en los ríos una fuente de energía desperdiciada, energía hidroeléctrica, limpia, barata y abundante, bastaba con domar las impetuosas corrientes en grandes represas para obtenerla.
Fue así como se dieron a la tarea de modificar el paisaje sin importarles para nada interrumpir el curso natural de los ríos, el reto para los ingenieros era construir el dique impresionante que crearía un lago artificial para lo cual inundaron valles y sabanas, poblados y refugios de fauna, cambiaron la ecología de miles de hectáreas sin medir consecuencias, la devastación que se hiso para construir el vaso de la represa del Guri quedará en la historia como uno de los ecocidios más grandes que se hayan realizado, lo que importaba era producir megavatios de energía “limpia” para mover unas industrias básicas, que hoy, después de cincuenta años están descuidadas, quebradas y acumulando pérdidas multimillonarias.
Nos enorgullecíamos de ser exportadores de energía eléctrica para países vecinos, energía barata para complejos industriales y el desarrollo más allá de nuestras fronteras. Pero nadie ha calculado el verdadero costo de esa energía, la tarifa que cobramos a nuestros ávidos vecinos, a nuestros ciudadanos, no incluye el costo ambiental que ha representado para nuestro país el haber cambiado el curso de nuestros ríos, a nadie le importa. Ahora que los ríos nos están pasando factura, que nuestras cuencas hidrográficas llegaron al límite de su capacidad productora de agua, que las hemos entregado a la devastación de una minería salvaje y sin sentido, y que entramos de lleno en una crisis de energía sin precedentes, quizás ahora caigamos en cuenta de su importancia.
Creo sinceramente que nuestra generación debe ver con honestidad lo que estamos haciendo con nuestros ríos y que debemos unir esfuerzos para rescatarlos, es una causa, justa, patriótica y nacional. Lo que estamos haciendo con nuestros ríos no tiene perdón de Dios y en los albores de un siglo en el que las luchas serán por el agua fresca del mundo, seremos, para repetir la historia del petróleo, los ricos pobres del continente.
Saúl Godoy Gómez
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