Marcos A. Peñaloza Murillo/ ULA
¿Fue el tornado de San Cristóbal un fenómeno deliberado, activado
a distancia mediante una operación "quirúrgica" de prueba, como un acto de guerra
ambiental? ¿Fue la vaguada del Mocotíes un ataque a nuestro ambiente a propósito? ¿Fue la mortandad de peces de Carenero un acto hostil de terrorismo ambiental de origen desconocido?
Planteamiento del Problema
Los avances científicos y los progresos tecnológicos pueden ser usadospara el estudio y uso pacífico del medio ambiente natural, los cuales pueden resultar en recursos que favorecen el bienestar, la salud y la seguridadinternacional de la humanidad (Golden & DeFelice, 2006).
Desde el descubrimiento en 1946 por Irving Langmuir (Premio Nóbel 1946) yVicent Schaefer, en el laboratorio de la compañía norteamericana GeneralElectric, de que un pedazo de hielo seco podría crear una tormenta denieve virtual, varios han sido los intentos para producir lluvia
artificial “sembrando” las nubes naturales. Proyectos como el Whitetop
(Universidad de Chicago), a finales de los años 50, el National Hail
Research Experiment (Fundación Nacional para la Ciencia, NSF) el Colorado
River Basin Pilot Project (Buró de Reclamaciones) y el Florida Area
Cumulus Experiment I & II (Administración Nacional Atmosférica y Oceánica,
NOAA) durante los años 60 y 70, fueron llevados a cabo en los Estados
Unidos para hacer llover como resultado de inyecciones relativamente
pequeñas de materiales químicos en las nubes, como el ioduro de plata
(Kerr, 1982a, 1982b; Lambright & Changnon, 1989).
Por otra parte, el proyecto norteamericano Stormfury, para controlar la
dinámica de los huracanes y atenuar sus amenazas, fue iniciado en los años
60 y duró hasta 1980 con el huracán Allen (Kerr, 1982b). Mas
recientemente, otros estudios proponen métodos para mitigar huracanes por
la vía de inducir antropogénicamente ciclones tropicales usando chorros
libres compresibles (Alamaro et al., 2006) o contaminándolos para reducir
su intensidad (Cotton et al., 2007).
Lo anterior, no obstante, pone de manifiesto que los avances científicos y
los progresos tecnológicos, en materia de modificación y manipulación
artificial del medio ambiente natural y sus procesos (e.g. tiempo
atmosférico o meteorológico), también pueden ser usados con fines
militares y hostiles de otra índole, que son incompatibles con el
mantenimiento de la seguridad internacional, con el bienestar y con lasalud de los seres humanos.
Como un primer ejemplo de lo anterior, se puede citar la operación
Mangosta de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los EE.UU.
Ejecutada entre 1961 y 1962, esta operación tuvo como propósito esparcir
químicos en los cañaverales cubanos para causar enfermedades entre los
obreros de la caña de azúcar. Mas tarde la CIA admitió que durante los
años 60, emprendió una investigación clandestina para montar una guerra
contra las cosechas de varios países bajo el programa MK-ULTRA. Al final
de esa década, el gobierno cubano intentó movilizar a la población para
conseguir una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, pero la CIA
saboteó la cosecha manipulando las nubes para producir lluvias
torrenciales dejando los campos de caña, secos (Blum, 1995).
Como un segundo ejemplo, se puede citar la Operación Popeye. Entre los
años 1967 y 1972, los EE.UU. procedieron a hacer el primer uso sistemático
y hostil conocido en la historia de las técnicas de modificación
ambiental-meteorológica, en el marco de la guerra del Sudeste Asiático, en
una operación secreta que fue desclasificada, bajo la presión del congreso
estadounidense, en el año 1974. La operación se llevó a cabo bajo el
código “Operación Popeye” como una misión militar secreta, que se efectuó
sobre los territorios de Camboya, Laos y Vietnam del Norte y Sur. El
origen de los extremadamente fuertes tifones y de las torrenciales lluvias
ocurridas en 1971 en Vietnam del Norte, se relacionaron con dicha
operación. La operación estuvo a cargo del 45º Escuadrón de Reconocimiento
del Clima (WRS en inglés) con el propósito de alargar el monzón sobre
Vietnam del Norte, principalmente sobre la ruta Ho Chi Minh. El sembrado
de nubes se hacía con partículas de yoduro de plata, dando como resultado
una extensión del monzón en el área sembrada de entre 30 a 45 días. Esto
hacía que las intensas lluvias dificultasen el tráfico por la ruta
saturando el suelo y grandes crecidas en los ríos. Estas misiones fueron
llevadas a cabo por aviones modificados C-130, F-4 y A-1, que realizaron
más de 2300 misiones de siembra de nubes sobre la ruta Ho Chi Minh. Si
bien las lluvias aumentaron, la fuerza aérea de Estados Unidos nunca pudodeterminar si ello tenía que ver con su proyecto secreto. El proyecto fue
considerado como relativamente satisfactorio.
Y un tercer ejemplo, es el emblemático y famoso Programa de Investigación
de Aurora Activa por Alta Frecuencia (conocido como HAARP por sus siglas
en inglés: High Frequency Active Auroral Research Program). Este programa
fue establecido en 1992 por la fuerza aérea americana (USAF), la armada
americana (USN) y la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de los
EE.UU. Basado en Gokona, Alaska, utiliza una serie de antenas de alta
potencia que transmiten a través de ondas de radio de alta frecuencia,
cantidades masivas de energía a la ionosfera para calentarla (Metz &
Perkins, 1974). Según Chossudovsky (2007), desde el punto de vista
militar, HAARP es, presuntamente, un arma estratégica de destrucción
masiva, que opera desde la atmósfera exterior y es capaz de desestabilizar
sistemas agrícolas y ecológicos en todo el mundo. Actualmente el sistema
HAARP está plenamente en operación y en muchos aspectos hace parecer
pequeños los sistemas convencionales y estratégicos de armas. Aunque no
existe una evidencia firme de su uso para propósitos militares, documentos
de la USAF sugieren que HAARP forma parte integral de la militarización
del espacio. Y no estaría fuera de duda que las antenas ya hayan sido
sometidas a ensayos de rutina (Busch, 1997).
Otros ejemplos son, la destrucción de la presa del Río amarillo en 1938
por parte de fuerzas japonesas, la inundación de tierras agrícolas en
Holanda en 1944 por parte de los alemanes, los bombardeos ingleses sobre
diques alemanes en el Ruhr, el abatimiento de bosques en Polonia por las
fuerzas militares alemanas de ocupación, la destrucción de sistemas de
irrigación coreanos por parte de EE.UU., los bombardeos de instalaciones
petroleras durante la guerra Irán-Irak, el derrame deliberado de petróleo
desde cinco tanqueros fondeados en Al Ahmadi en 1991 y la apertura de las
bocas de los terminales de Sea Island y Mina al Bakú en 1991 (Montaz,
1991).
Visto lo anterior, y aupado en el pasado por la Guerra Fría, el medio
ambiente natural de una nación o estado, considerado aun como un posible
escenario de conflicto bélico puede, potencialmente, ser utilizado en la
actualidad como blanco militar per se para destruir indirectamente las
fuerzas defensivas de un país o disminuir la capacidad de reacción del
enemigo, mediante un modo de guerra conocido como Guerra Ambiental. Este
concepto de guerra, referido también como “Guerra Geofísica” fue
introducido, como una preocupación en el ámbito internacional en la década
de los años 70, en el seno de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)
cuando en su vigésimo noveno período de sesiones se aprobó, el 9 de
diciembre de 1974, según el numeral cinco de la resolución Nº 3264 (XXIX),
incluir en el programa provisional de su período de sesiones siguiente, o
sea, en su trigésimo (XXX) período de sesiones del año 1975, un tema
titulado “Prohibición de influir en el medio ambiente y en el clima con
fines militares y hostiles de otra índole que sean incompatibles con el
mantenimiento de la seguridad internacional, con el bienestar y con la
salud de los seres humanos” (ONU, 1974). Esto condujo a la ONU, en su
trigésimo primero período de sesiones, a la aprobación del Convenio
“ENMOD” (Environmental Modification) el 10 de diciembre de 1976, a través
de la Resolución 31/72 (ONU, 1976).
De acuerdo con el Artículo II del anexo único de la primera de estas
resoluciones, la influencia a la que se refiere esta guerra denota la
influencia activa sobre la superficie terrestre, los fondos marinos y
oceánicos, el sub-suelo, el medio marino, la atmósfera y cualesquiera
otros elementos del medio ambiente natural encaminada a causar daños
mediante, entre otros, la alteración directa o indirecta de los elementos
del equilibrio energético e hídrico de los fenómenos meteorológicos
(ciclones, anticiclones, sistemas de frentes nubosos) [Literal (d) del
artículo II)]; la modificación directa o indirecta de los parámetros
físicos y químicos de las aguas, litorales marítimos y fondos marinos y
oceánicos que conduzca a la modificación del régimen hidrológico, del
intercambio de agua y de la ecología de la masa biológica de mares y
océanos [Literal (e)]; la estimulación directa o indirecta, por
cualesquiera métodos o medios, de ondas sísmicas que produzcan terremotos
y los procesos y fenómenos concomitantes, así como de las que produzcan
olas destructivas en los océanos, inclusive del tipo maremotos [Literal
(f)]; la creación de campos electromagnéticos y acústicos artificiales
estables en los océanos y mares [Literal (h)]; la modificación, por
cualesquiera métodos o medios, del estado natural de los ríos, lagos,
pantanos y otros elementos hídricos de los continentes que conduzcan al
descenso del nivel de las aguas, desecación, inundación, sumersión,
destrucción de instalaciones hidroeléctricas o tenga otras consecuencias
perjudiciales [Literal (i)]. Así, la utilización de la guerra geofísica o
ambiental podría provocar desequilibrio en la ionósfera, la modificación
de la capa de ozono (protectora de la tierra frente a los rayos
ultravioleta solares), la provocación de sequías y tormentas de nieve, la
destrucción de represas y diques, la perturbación del equilibrio dinámico
del ciclo hidrológico y la temperatura en distintas zonas del Mundo, la
estimulación de maremotos, tsunamis, etc.
Ahora bien, cambiando de escala y de modo, pero dentro del escenario
medio-ambiental como un posible teatro de operaciones para acciones
violentas contra la naturaleza, mas que un medio que como un fin, tenemos
el Terrorismo Ambiental.
En julio del año 2000, los trabajadores de la planta química Cellatex, al
norte de Francia, descargaron 790 galones de ácido sulfúrico al Río Mouse
porque se les negaron los beneficios laborales. No está claro si lo que
intentaron era matar la vida silvestre, la gente o ambas, pero un analista
francés señaló que esta era la primera vez en que el medio-ambiente y la
salud pública se tomaron como “rehenes” para ejercer presión, una
situación inaudita hasta esa fecha (Chalecki, 2001).
En 1989 un ataque con cianuro contra uvas chilenas, para envenenarlas,
tuvo lugar. Aunque este incidente particular no provocó ningún problema de
salud pública, logró una efectividad psicológica y económica de
consideración. Provocó pánico en los supermercados y representó para Chile
pérdidas, en la exportación de esta fruta, por millones de dólares debido
a la desconfianza por parte de los consumidores. Años después, poco antes
de la Navidad de 1994, la amenaza de pavos envenenados en Vancouver (Columbia Británica, Canadá) provocó pérdidas de mas de un millón de
dólares (Chalecki, 2001).
Un ejemplo emblemático de terrorismo ambiental, que a su vez se confunde
con acto de guerra ambiental, fue el de la aplicación del conocido “agente
naranja” durante la guerra de Vietnam. En una operación denominada Ranch
Hand, que no hizo distinción entre los combatientes y no combatientes, las
fuerzas armadas norteamericanas destruyeron con esta sustancia el 36% de
la zona forestal de manglares en Vietnam del Sur, estimándose que la misma
no volverá a su estado natural probablemente en un siglo (Chalecki, 2001).
Según definición del U.S. Code, Título 22, Sección 22 el terrorismo, en
general, es la violencia premeditada, con motivaciones políticas,
perpetrada contra blancos pacíficos por grupos subnacionales o agentes
clandestinos, generalmente con la intención de influir sobre un público.
Pero considerando que, aparte de la definición anterior, hay tantas
definiciones de terrorismo como actos de terrorismo existen hoy día, el
terrorismo ambiental es definido por Chalecki (2001) como el uso ilegal de
la fuerza contra recursos ambientales in situ para privar las poblaciones
de sus beneficios y/o destruir otra propiedad; pero independientemente de
la definición que se adopte, los actos de terrorismo generalmente tienen
cuatro componentes esenciales: motivación, medios, blanco y enemigo. En
este sentido, el enemigo genera la motivación o viceversa y de ahí, el o
los terroristas escogen el blanco y los medios. En los ejemplos
anteriores, dependiendo de las causas, motivaciones o razones, las aguas
del Río Meuse, la producción de uvas chilenas, los pavos canadienses y los
manglares vietnamitas, fueron los blancos medio-ambientales escogidos (y
no personas en forma directa). Los medios de que se disponen para
perpetrar el terrorismo, ambiental generalmente son venenos u otros
agentes destructivos, aunque como lo muestran los ataques perpetuados en
el pasado, pueden ser más creativos y peligrosos de lo que se espera. Sus
enemigos genéricos son organizaciones gubernamentales o privadas. Sus
blancos con frecuencia se seleccionan con base a lo que representan:
instalaciones petroleras, edificios gubernamentales, lagos, ríos, mares,
cosechas, etc., con posibles consecuencias perjudiciales a largo plazo
para los recursos ambientales naturales de cualquier zona, región o país
(Chalecki, 2001).
El terrorismo ambiental puede ser más eficaz que cualquier otro ataque con
armas convencionales sobre blancos civiles o armas de destrucción masiva
(químicas, biológicas, radiológicas o nucleares). Los criterios para
evaluar la posibilidad de ejecutar daños ambientales muy serios, pueden
obtenerse intentando identificar los atributos de un recurso o un sitio
particular que lo hace vulnerable de alguna manera al terrorismo
ambiental. Las características físicas como la escasez o el valor del
recurso seleccionado, su localización física, su vulnerabilidad al ataque
y su capacidad para su regeneración y recuperación constituyen los
factores clave. Los recursos que son relativamente inaccesibles y que
cuentan con equipos de detección especial o que se encuentran fuertemente
resguardados, son menos atractivos para ser objeto de un daño, ya que
representan un riesgo de menos posibilidad de una escapatoria exitosa. Las
consideraciones geopolíticas también juegan su papel: los terroristas
internacionales o mercenarios contratados que atacan a otro país, podrían
escoger un recurso cercano a la frontera más que uno que se encuentre al
interior de las fronteras nacionales. La escasez del recurso también es
importante, ya que se pueden causar mayores daños económicos e incluso
físicos si se ataca un recurso como el agua potable, para el que no existe
substituto. Por el contrario, la abundancia de un recurso también es un
aspecto a considerar.
Frente a ambos problemas de amenazas factibles y muy realistas de guerra
ambiental y/o terrorismo ambiental, Venezuela, país rico en recursos
ambientales naturales, renovables y sobre todo no renovables
(hidrocarburos), debe considerar tales amenazas como posibles, dentro de
su esquema y estrategia de defensa, de acuerdo a su Constitución Nacional,
a la Ley Orgánica de Seguridad de la Nación, a la Ley Orgánica del
Ambiente, la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y demás
leyes y reglamentos de la República. Al respecto, no se sabe hasta qué
punto estos dos problemas han sido considerados directa o indirectamente
en la legislación venezolana, y en particular, en lo referente con la
normativa en el ámbito o estamento militar. No se sabe hasta dónde la
República Bolivariana de Venezuela está preparada civil y militarmente
para prevenir, detectar y/o afrontar un eventual ataque deliberado contra
su medio-ambiente, en cualquiera de estas dos modalidades. Y sería muy
interesante saber, cómo estos problemas se han venido tratando a escala
global (convenios) y hasta dónde nuestro país está involucrado en el
ámbito internacional para prevenir ambas amenazas.
Dr. Marcos A. Peñaloza-Murillo (Ph.D.)
Universidad de Los Andes
Facultad de Ciencias
Departamento de Física
Mérida